Cuando todavía resuenan los fastos mundiales por la muerte de Nelson Mandela estampo mi rúbrica en el Diario Oficial de la Generalitat para certificar el nombramiento de Lola Johnson como nueva secretaria de Comunicación. El líder sudafricano y la periodista, que yo sepa, sólo compartían el color de la piel y el gusto por los estampados. Por tanto, a pesar de que el gesto pueda parecer un homenaje póstumo a Madiba y a la causa contra la segregación, éste no fue el motivo real que inspiró la designación. Me movió, así tengo que admitirlo, el hecho de que, desde que llegué a la presidencia de esta nuestra Comunitat, el servicio de agitación y propaganda del Palau ha sido un absoluto desastre, si excluimos las incesantes filtraciones a la prensa de un misterioso topo. Desde un punto de vista objetivo, el espía ha conseguido un imposible: que se hable de mi (mal, pero es mucho peor que te ignoren); mientras que mis colaboradores se dedicaban al oficio de la adulación. La pena es que ignoro la identidad de este nuevo "Encobert" y ello me impide ascenderlo por los logros cosechados hasta la fecha. Por esa razón me tengo que conformar con deshacerme de uno o dos ineptos en plantilla, el trabajo fácil, y recuperar a una antigua consejera, una tarea ardua.
Johnson reúne todas las condiciones para poner orden en este desaguisado: dirigió Canal 9 como su fuera el NO-DO de Fraga y fue portavoz del gobierno valenciano como si fuera el Miguel Ángel Rodríguez de Aznar. No obstante, fui yo quien aparté de mi lado a esta joya del tejemaneje televisivo y el pico de oro. Reconozco que no supe valorar suficientemente estos méritos y, en un alarde de adanismo, desde el día de la toma de posesión me lancé a borrar cualquier huella que recordara el ayer. Entonces me asustaban los fantasmas con trajes de marca que merodeaban por los salones góticos de la calle de Caballeros… y ella era uno de los que me causaban más pavor. ¿Qué ha cambiado, pues, en tan corto periodo de tiempo? ¿Qué ha sucedido para que la misma mujer racial que manoseaba los informativos hasta elevarlos a la categoría del anuncio de Freixent o que comparecía ante la prensa para leer el último parte de guerra de Pacocamps; la misma a quien cesé con mi fulminante firma, ahora se me figure la presona ideal para el puesto? Muy sencillo: que es Navidad.
El amanuense y bloguero que transcribe estas crónicas ruega que me explique mejor. Procedo. Siendo yo un niño, en Castellón de la Plana, una capital de provincias, sólo había un negro: el señor Johnson. Consecuentemente, al aproximarse la festividad de Reyes, el consistorio lo reclamaba cada año para que hiciera de Baltasar en la cabalgata. En ese tiempo mágico, el que suscribe sentía debilidad por el monarca africano (nada que ver con mi actitud desdeñosa hacia Melchor y Gaspar) porque lanzaba una generosa lluvia de caramelos y, cuando sonreía, su dentadura lechosa iluminaba más que el alumbrado navideño. Pero aquella simpatía propia del inocente en relación al exótico hombre con capa y bisutería abundante se quebró. Al fin supe que Sus Majestades de Oriente eran los padres y que el impostor que se hacía pasar por Baltasar era un guineano que daba clases de inglés en una academia. Digo esto porque, si para mí el episodio representó una pequeña frustración que superé jugando con el Madelman explorador y el mandinga que lo acompañaba en mis aventis, qué tipo de chasco no debió de suponer para la niña Lola saber, desde siempre, que su tío Johnson era el rey de la cabalgata. ¡Que cruel tuvo que ser para ella crecer sin la ilusión de los engañados! ¡Qué injusto fui al destituirla sin tener en consideración su trauma infantil! Espero que ahora, que ya está crecidita y la he restituido, no me guarde rencor. No quiero que nada la distraiga de la misión secreta que le he encomendado: descubrir, urgentemente, al topo. Le estoy reservando la medalla al mérito en el trabajo.
