Publicado por Cronista Montañés
lunes, 23 de diciembre de 2013
Es posible que cometiera un pequeño desliz invitando a los trabajadores despedidos de Canal 9 a que me acompañaran en los actos que presido. La agenda del Molt Honorable es pública, dije sacando el pecho de palomo, y creo que no descubrí ningún secreto de Estado. Pongo dos ejemplos. En la víspera de una hipotética asistencia mía a la representación del Belén de Tirisiti, el gabinete de prensa del ala Oeste del Palau se apura en anunciar la aparición como si yo fuera el mismísimo niño Jesús. En cambio, si lo que hago es presentarme a las exequias por el eterno descanso del cardenal Ricard Maria Carles, el servicio de propaganda asegura que el muerto soy yo. La eficacia de estos pregoneros empeñados en ventilar, en cuestión de segundos, donde decido comparecer en carne mortal está sobradamente contrastada. El prodigio de la presencia presidencial la difunden por la red de redes, y así, dando pistas, no es difícil que el piquete de parados de la tele acuda hasta el rincón más ignoto de la Comunitat para recibirme con silbatos, gritos de dimisión y retratos boca abajo. ¡Y con invitación! Ahora me entero que lo de la foto puesta del revés no alude al deseo de estos indignados de verme en las antípodas, no en sus antípodas ideológicas en las ya me encuentro, sino en las antípodas del Globo. Claro que, sólo los más ignorantes piensan que, en aquel lugar del planeta, los indígenas caminan haciendo el pino. Pues no, en Nueva Zelanda la gente se viste por los pies y anda sobre la superficie terrestre de forma idéntica a la nuestra. Los nacidos en esas islas -y los protagonistas de Españoles por el Mundo que han emigrado hasta allí- no se pasan el día colgados de las copas de los cocoteros; ellos, como igualmente ocurre con el resto de los humanos, viven sometidos al imperio de la ley de la gravedad. Aun así, la idea de que número importante de ciudadanos del hemisferio austral se mantenga en equilibrio sobre la faz de la Tierra, sin caerse cada dos por tres, continúa representando un misterio de la Naturaleza.
Al parecer, según me informa uno de los asesores, lo de mi busto invertido se debe a un cuadro mal colgado de Felipe V que se exhibe en Játiva. El colaborador se explaya y me explica que la villa no quedó muy contenta con el trato que le dispensó el Borbón cuando éste decidió incendiarla. Bueno, digo yo: una cosa es expresar la disconformidad con la medida y otra, muy distinta, es poner patas arriba a todo un representante de la Familia Real. Se empieza por ahí y, trescientos años más tarde, algún desfaenado tiene la ocurrencia de establecer el parangón entre la dinastía Anjou y un Fabra, de los Fabra de toda la vida.
Según continúa su relato esta persona de confianza, deduzco que el visitante que acude a admirar la obra de arte, ante tan insólita perspectiva, puede extraer la conclusión de que no es el cuadro el que ha sido pésimamente enganchado a la pared e, inclinando la cabeza 180º, colegir que es él quien está mal ubicado. Por imaginar, el individuo incluso podría creer que deambula tanquilamente por el techo de la sala, ya que es, en el lugar más elevado de la estancia, desde donde se brinda el único punto de vista fetén para la contemplación de la pintura. De modo que, si no eres Spiderman, el asunto está complicado.
Yo mismo, en ocasiones, también dudo de estar tocando con los pies en el suelo. Los manifestantes, con la exhibición de la fotografía retorcida, pretenden que me convenza de ello y me vuelva majareta. Por eso lanzan la insidia de que padezco el síndrome de la Generalitat, que debe de ser como el famoso síndrome de la Moncloa pero más gótico y sin Bodeguilla. Pero a mi plim sus provocaciones; si ése es el deseo de los revoltosos que me saquen en procesión con la estampita, que yo seguiré en mis trece hasta el quince y más allá. Además, por si no lo habían advertido todavía, del derecho o del revés, un servidor posee un porte regio y señorial muy propio de los príncipes de Asturias. Así que a ver si, para cuando Felipe VI se proclame rey de España, aprendemos a colgar mejor los cuadros.
