Publicado por Cronista Montañés domingo, 15 de diciembre de 2013

El pasado 11 de septiembre la comunidad autónoma que limita al norte con la nuestra, y que no me atrevo a llamar por su nombre, celebró como viene siendo habitual su día de solaz oficial, la Diada. Más allá del Ebro acostumbran a festejar la jornada con exaltaciones patrias y la veneración de los símbolos propios, en detrimento de los que comparten con el resto de españoles. Un ejemplo: los catalanes, en lugar de celebrar una procesión, una corrida de toros y una paella monumental, prefirieron realizar una cadena humana que cruzaba el mapa desde la frontera francesa a la provincia de Castellón. Hasta aquí nada que objetar, salvo lo exagerado de la longitud -total para darse la mano- y el lema de la convocatoria: "Via cap a la indepèndencia". Para entendernos, aquello era la Vía Augusta pero sin romanos, la misma carretera N-340 que atraviesa de punta a punta la Comunitat que presido. Y, precisamente, ahí radicó el problema. Como la vieja calzada se halla cubierta por una capa asfáltica sin un stop o un semáforo que indique el cambio de región, los manifestantes se adentraron un kilómetro, ¡uno!, en el término municipal de Vinaroz. Tal vez los vecinos del Principado, en un exceso típico de estas fiestas, pensaron que el cartel que luce junto al arcén: "Benvinguts-Bienvenidos", les invitaba a saltarse los lindes del antiguo Reino de Valencia. Y ello a pesar de que el reclamo publicitario para forasteros quedaba oculto tras un amplio despliegue de agentes de la Guardia Civil.
Pero, al igual que yo reclamé la presencia de la Benemértia, los organizadores, para que el éxito de su encadenamiento transfronterizo fuera absoluto, contaban con beneméritos figurantes: varias decenas de valencianos sui géneris, encabezados por un tal Carles Santos y el cantante y viticultor Lluís Llach. También acudió hasta ese punto de la geografía Carod-Rovira, famoso por ser la única persona que ha viajado de estranjis a Perpiñán sin entrar a ver una película "X".
Aún no había transcurrido un mes de la "invasión" de Polonia -si se me permite la analogía histórica- cuando se produjeron los primeros temblores de tierra. Los seísmos registrados se sucedieron en la misma zona de la algarada y afectaba por igual a los naturales de las dos orillas del río Senia. El más grave de los terremotos alcanzó la friolera de los 4,2 grados en la escala Richter y, como es obvio, el susto que causó el meneo sacó a más de uno de la cama. Al parecer la actividad del Castor, una planta para el almacenamiento de gas que se ubica frente a la Costa de Azahar, altera la estabilidad de la falla tectónica oculta bajo el mar. También es mala suerte que, justo donde el Medriterráneo nos regala unos sabrosos langostinos con denominación de origen, el Planeta Azul esconda un descosido de la época de los dinosaurios.
No seré yo quien vincule ambos acontecimientos de naturaleza tan dispar: la de signo independentista y el de carácter gasista, pero de persistir estas manifestaciones, doy fe, en esta crónica, que España podría llegar a romperse. Quizás un hecho tan catastrófico no lo provoque la quiebra del ordenamiento jurídico que promueve mi homólogo el Honorable de arriba con el anuncio de su referendum separatista. No obstante, no hemos de descartar la ruptura, pero como consecuencia del corrimiento de las placas continentales. Un episodio que, de producirse, Dios no lo quiera, tendría muy difícil encaje constitucional. Y así se lo he indicado a don Mariano.

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