- Inicio »
- Don Carlos »
- El "otro" Fabra
Los años que fui un segundón en el Partido mis adversarios me ningunearon llamándome el “otro” Fabra, en alusión a la preeminencia inequívoca de Carlos Fabra, un Number One. Lo admito, yo crecí a la sombra de esta persona, aunque la coincidencia entre nuestros apellidos no obedece al parentesco y, por ello, nadie debe atribuir al nepotismo mi ascenso al Olimpo de los diesel.
Fabra, el que no soy yo, es el último representante de una saga de gerifaltes del centro-derecha y la derecha-derecha de la provincia de Castellón. Así pues, los miembros de la dinastía se presentaron bajo las fórmulas ideológicas más variopintas que van desde el liberalismo a la Falange y de la Cofradía de Lledó a la UCD. Naturalmente, el denominador en común de estas filiaciones fue apearse del machito el menor tiempo posible durante casi dos siglos.
En el haber, los “otros” Fabra han presidido la diputación en ocho ocasiones, sin que pareciera importarles la forma de régimen en el que desplegaban su poderío. En el debe, la familia carga con la mala prensa de haber practicado el caciquismo lo mismo en la Restauración y las dictaduras que en esta etapa de libertad, amnistía y Estatut de Autonomía. Y precisamente había de ocurrir que es ahora, en el vigente sistema parlamentario, cuando sus opositores se han cebado más contra el apellido, que no hace falta que les recuerde que también es el mío, aunque insisto que no compartimos vínculos de consanguinidad.
Pero a pesar de la fama, Fabra, el ídem, tiene reservado un sitio en la Historia; no por haber ejercido de sheriff del condado o porque le ha tocado la lotería más veces que a una sociedad multiapuestas. Tampoco creo que las generaciones venideras lo mencionen por estar condenado en el caso de los pesticidas Naranjax… No, don Carlos será recordado in saecula saeculorum por un invento revolucionario: ¡el aeropuerto sin aviones!
Por este motivo, a pesar de haberse retirado de la vida pública y fiar el legado a su hija, la diputada del "¡Que se jodan!", cada vez que tecleo mi nombre en Google, el primero que aparece es el señor de las gafas oscuras y, después de mucho darle a la “o”, con un poco de suerte, sale un servidor de ustedes. Eso sí, desde que le adelanté por la derecha, he dejado de ser Alberto sin apellido, para ser Fabra a secas. Mientras tanto, él se ha convertido para siempre en el “otro” y, todo hay que decirlo, en una especie de espectro que me persigue noche y día.
Comento el tema de las pesadillas con el coach y le hablo del fantasma del padre de Hamlet, por si fuera a causa del remordimiento que la figura de don Carlos se me aparece en sueños para censurarme algún reproche relativo a su pena o a la falta de apoyos en la puerta de los juzgados. Mi profesor del curso CCC de liderazgo me suelta que él es un ignorante en lo relativo a los dramas de Shakespeare, pues pagar una entrada de teatro para ver a tanto príncipe corrupto no ayuda en nada a la autoestima de sus alumnos. Sin embargo, asegura que lo que me sucede -todo el tiempo siendo yo “el otro” de “el otro” y viceversa- le suena más a “Los otros”, la peli de miedo de Amenábar. Y, guiñándome un ojo, susurra que al final de la cinta se acaba deduciendo quiénes eran Belén Rueda y los niños... ¡Menudo yuyu! Toco madera, juro que nadie volverá a llamarme “el otro” y doy la clase por concluida.
